La Revuelta

marzo 14, 2009

¿Quién vigila al vigilante?

Unai Romano, acusado y absuelto de un delito de terrorismo, antes y después de pasar por dependencias policiales españolas

Según informa El Mundo, durante el año 2008 las denuncias de malos tratos por parte de los Mossos d’Esquadra han descendido en un 65% respecto al año anterior: en 2007 fueron registrados 128 casos de vejaciones, habiéndose reducido éstos a 45 durante el pasado año*. Pero, tal y como se imprime en el citado artículo, este descenso de las agresiones por parte de la policía autonómica catalana no se debe a un mejor comportamiento corporativo o al desmantelamiento de supuestas denuncias falsas**, argumento aducido por las Fuerzas de Seguridad del Estado ante las acusaciones, sino por la instalación de cámaras de seguridad en las comisarias por parte de la Generalitat. En palabras de Jorge del Cura, presidente del Comité para la prevención de la Tortura en el Estado español, “el descenso de denuncias experimentado este año es más porque las cámaras han surtido un efecto disuasorio en los agentes a la hora de maltratar detenidos y no porque se hayan rebajado las falsas denuncias” las cuales considera “siempre mínimas” en comparación con las denuncias reales.

La colocación de las cámaras, algo que diversas asociaciones de Derechos Humanos habían solicitado para todo el Estado español, en especial en aquellos centros susceptibles de acoger a detenidos acusados de terrorismo, fue efectuada a raíz de los numerosos casos de brutalidad policial realizados por los Mossos d’Esquadra y demostrados judicialmente. Entre ellos destaca el caso de la comisaria de Les Corts, en Barcelona, donde se colocaron cámaras ocultas ante las sospechas de malos tratos (ver video). No obstante, a raíz de ello, fueron documentados otros casos de torturas policiales en Catalunya, como las agresiones sufridas por Elena Podvigina en el mismo escenario (ver video 1) (ver video 2) o las humillaciones a las que se vio sometido Javier G. Las irregularidades en este cuerpo no se limitan a los malos tratos en las dependencias policiales, sino que en su historial cuenta con asesinatos a esquizofrénicos y el uso de armas ilegales. Estos actos se realizan con la complicidad de la clase dirigente, que exculpa a los policías en todos los casos.Sin embargo, no solo los Mossos son objeto de denuncias por parte de los detenidos.

Según el Comité para la prevención de la Tortura, el cuerpo que más denuncias acumula es la Policía Nacional (187)

Una activista del CSOA Casas Viejas (Sevilla) siendo agredida durante una protesta pacífica

Una activista del CSOA Casas Viejas (Sevilla) siendo agredida durante una protesta pacífica

seguido de los funcionarios de prisiones (74), las policías locales (68), la Guardia Civil (59), y la Ertzaintza (45). Asimismo lo ha reconocido en su nuevo libro Esteban Beltrán, presidente de Amnistía Internacional en el Estado español. En una entrevista a propósito de ello concedida a El País, explica que la tortura policial es “un problema extendido y persistente” siendo “mucho más que casos aislados”. Además, critica la “presunción de veracidad hacia el policía” aconsejando acabar con “el mito de que no existe la tortura en España [sic]“. Casos recientes, los cuales son citados en su libro, son el acontecido en Roquetas de Mar (Almería), donde un detenido falleció por los golpes propinados por la Guardia Civil (ver video) y las torturas recibidas por los acusados de terrorismo Igor Portu y Mattin Sarasola, las cuales fueron ridiculizadas por el diario La Razón y desmentidas por Alfredo Pérez Rubalcaba antes de iniciarse la investigación. Amnistía Internacional cuenta con un extenso curriculum de informes que vinculan a las Fuerzas de Seguridad del Estado español con la tortura, así como el Relator de la ONU contra la Tortura ha mostrado su preocupación por ello en diversas ocasiones.

Eso sí, hoy los policías se manifiestan para subirse el sueldo.

*Estaría bien que El Mundo y El País se pusieran de acuerdo en el porcentaje, ya que estos últimos aseguran que las denuncias se han reducido en un 40%.

**El enlace en “denuncias falsas” se corresponde con el siguiente caso, en el que los Mossos implicados -los que aducieron denuncias falsas- fueron condenados a penas de cárcel.

PD/ Rescato un texto mío que fue publicado en el blog de una compañera, ya que es bastante pertinente con el tema tratado.

Generalmente los individuos realizan algún oficio por dos cuestiones: por vocación o por necesidad -es decir, sin vocación-. No quiero parecer que afirmo que aquellos que ejercen su profesión por vocación no padezcan necesidades que sirvan también como motivo para el mismo.
Creo que todos estaremos de acuerdo en que aquel que labore sin vocación será un mal profesional. Esto se amplía a cualquier ámbito del trabajo, no sólo a la policía antidisturbios. El problema radica en que frente a un dependiente sin vocación -es decir, mal profesional-, puedes cambiar de caja o de establecimiento. Ante un maestro sin vocación -es decir, mal profesional- puedes escoger ir a otro colegio o cambiar de grupo escolar. Ante un médico sin vocación -es decir, mal profesional- puedes ir a otro hospital o consulta. Pero ante un policía antidisturbios sin vocación -es decir, mal profesional- puedes ir al hospital más cercano con una brecha en la cabeza.

Según esto podríamos decir que el policía antidisturbios con vocación sería un buen profesional. No obstante, aparece una paradoja cuando nos planteamos cuál es la vocación del policía antidisturbios. Un agente cualquiera, o uno especializado en criminología, puede mantener que su vocación es velar por la seguridad ciudadana y el cumplimiento de la ley, e incluso puede que tenga razón y que firmemente lo crea, puesto que sus métodos no están estrictamente ligados a la represión. Sin embargo, si un policía antidisturbios enuncia que su vocación es velar por la seguridad ciudadana y el cumplimiento de la ley, estaría tan sólo hablando eufemísticamente. O si no, ¿por qué diferentes especialidades para un mismo empleo? Básicamente el trabajo de un policía antidisturbios es utilizar la fuerza para establecer el cumplimiento de la ley -siendo esta a veces arbitraria en su ejecución-. Por tanto, aquel que elija especializarse en antidisturbios y no ser un simplemente agente podrá aducir dos motivos: por necesidades económicas -es decir, sin vocación, un mal profesional- o porque le gusta su trabajo. Teniendo en cuenta que su trabajo consiste en emplear la fuerza contra la población y que, además, les gusta: ¿debemos sentirnos protegidos por ellos? Imaginemos que yo tengo vocación de periodista. Mi trabajo consiste en escribir artículos. Ello será algo que, por apasionarme, trate de hacerlo lo mejor posible y con la mayor frecuencia que pueda. La siguiente frase terminenla ustedes: imaginen que yo tengo vocación de antidisturbios.

marzo 12, 2009

Día de la Mujer

Archivado en: Ateneo — Adrián Tarín @ 10:08 pm

La mujer ejemplar, Eduardo Galeano

Vivió obedeciendo el mandato bíblico y a la tradición histórica.
Ella barría, lustraba, enjabonaba, enjuagaba, planchaba, cosía y cocinaba.
A las ocho en punto de la mañana servía el desayuno, con una cucharada de miel para el eterno ardor de garganta de su marido. A las doce en punto servía el almuerzo, consomé, puré de papas, pollo hervido, duraznos en almíbar; y a las ocho en punto la cena, con el mismo menú.
Jamás se atrasó, jamás se adelantó. Comía en silencio porque no era mujer opinativa ni preguntativa, mientras el marido contaba hazañas presentas y pasadas.
Después de la cena, se demoraba lavando lentamente los platos, y entraba en la cama rogando a Dios que él estuviera dormido.
Para entonces ya se habían difundido bastante la máquina lavarropas, la aspiradora eléctrica, y el orgasmo femenino, que habían llegado poco después de la penicilina; pero ella no se enteraba de las novedades.
Sólo escuchaba los radioteatros, y rara vez salía del refugio de paz donde vivía a salvo de la violencia del mundo.
Una tarde, salió. Fue a visitar a una hermana enferma. Cuando regresó, al anochecer, encontró al marido muerto.
Algunos años después, la abnegada confesó que esta historia no había terminado así.
Contó el otro final a un vecino llamado Gerardo Mendive, que se lo contó a un vecino que se lo contó a otro vecino que se lo contó a otro: al volver de la casa de la hermana, ella encontró al marido caído en el suelo, jadeando, bizqueando, la cara de color tomate, y pasó de largo, se metió en la cocina, preparó un inolvidable banquete de calamares en su tinta y merluza a la vasca, con un postre de alta torre de frutas y de helados, todo regado con un vino añejo que tenía escondido, y a las ocho en punto de la noche, como era su deber, sirvió la cena, se hartó de comer y de beber, confirmó que él estaba definitivamente quieto en el suelo, se persignó, se vistió de negro y llamó por teléfono al médico.

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En el Estado español, los hombres celebramos el día matando a una mujer y criticando las leyes que nos lo impiden, mientras que en Arabia Saudí utilizan tácticas más disuasorias. Al fin y al cabo no somos tan distintos.

marzo 2, 2009

Papel cebolla

Archivado en: Ateneo,Euskal Herria — Adrián Tarín @ 3:57 pm

Los primeros rayos del sol llenaban de amarillo incandescente las húmedas calles del casco viejo. Un anciano, solitario, maltratado por el calendario, proyectaba una única sombra entre los adoquines. Él, y su silueta oscura, acababan de llegar al colegio electoral. El boleto, la milésima parte del futuro de su pueblo, llevaba doblado semanas en el bolsillo. Era un habitual, conocía sus siglas desde que obtuvo eso que los eruditos llaman “conciencia política”, y que él, humildemente, definía como “pensar”.
El equipo de la mesa electoral comprobó que, efectivamente, Unai Urkullu Llorente tenía el mismo rostro que en la fotografía del carnet de identidad, por lo que, con un solemne rayón sobre su nombre, lo eliminó del censo de los absentistas. Devuelta a sus manos la identificación, deslizó el voto por la ranura de la urna. Un cosquilleo vapuleó su frágil y arrugado cuerpo: la fiesta del sufragio había comenzado. El papel caía balanceándose al vacío de ser el primer voto ciudadano –sin contar el del vocal, presidente y miembros de los demás partidos- en tocar el plástico transparente. Antes de que la gravedad fecundara, el voto se esfumó. El viejo, o Unai, que para eso está ya presentado, miró incrédulo a la caja. El resto del personal seguía con su trabajo. Quedó apartado, en un rincón del hall, y esperó, bajo los esquivos golpes de ojo de los presentes.
Las horas fueron encaramándose unas a las otras a una velocidad inusual para el que espera. Quieto el tiempo siempre pasa más lento, pero el ajetreo de la jornada electoral motivó el interés del anciano. Junto a él, poco a poco, fueron acomodándose, uno detrás de otro, aquellos a quienes también su voto había desaparecido. Al principio mantuvieron el orden, en fila india. Más tarde, el numeroso grupo aumentó de volumen y, por tanto, también la indisciplina, ocupando cualquier espacio libre en la sala. En unas horas más, los votantes virtuales, en silencio, salían del colegio ante la falta de espacio.
Minutos antes del término de la jornada electoral, cuando los candidatos hacían comparecencias televisivas para agradecer la participación y comenzar el escrutinio, 100.924 personas se agolpaban en las inmediaciones del edificio. La insonora tranquilidad con la todos se habían ido depositando en cualquier lado se quebró con la taquicárdica voz de Unai: “rompamos esa urna”. Salió así, como un silbido, como un eructo incontenible, sin razón. La muchedumbre, servil durante toda la jornada, engrosó la vena de la frente, del cuello y del puño, y cargaron, en tropel, como en las revoluciones de siglos pasados, contra votos, secretarios y urna. Una orgía de siglas, de programas electorales y de promesas, volaron por encima de las cabezas de los congregados.

De repente, el presidente del Gobierno despertó. “¡Joder, que susto! Por un momento creí que había democracia en Euskal Herria”. Calmado por la vuelta a la realidad, olvidó la pesadilla, y siguió durmiendo.

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